Súbitamente, mi afecto se transformó.
Abrí los ojos y me vi
Disfrutando el manjar de tu cuerpo.
Así comencé a notar
La simpleza de tu esplendor.
Así crucé el límite
Para alcanzar el limbo.
Envuelto en un sopor especial
Me percate de tu singular ser.
Y sentí tu perfume en mi piel,
La melodía de tu voz,
Las marcas de tu sonrisa,
Tu diálogo tras el amor.
Según el DRAE (el diccionario de la Real Academia Española) la coprolalia es la "tendencia patológica a proferir obscenidades". Como enfermedad, su comprobación más evidente es el síndrome de Tourette.
En este país, con el flagelo de esta especie de pandemia, estamos acostumbrados a escuchar los improperios más disímiles. Dichos exabruptos, en general, son la manifestación de cierto desengaño, abatimiento o frustración.
Aunque los insultos que me molestan sobremanera son aquellos que son producto de actos de vileza, como la discriminación, o esos otros que son la respuesta refleja frente a la escasez de argumentos, como cuando alguien no puede refutar nada con cierta altura. Obviamente no soy un ser extraterrestre y caigo continuamente en este error. Pero puedo verlo en perspectiva y me exijo a encontrar las palabras adecuadas en una discusión.
¿Cuántos más serán capaces de esta autoexigencia?
Después de todo tenemos un idioma riquísimo en vocablos y, tal como dijera un estimado amigo mío, "hablar bien no cuesta un carajo".